LOS PREELIMINARES
Ha pasado ya más de un año, desde que adquirí mi clásico. Y creo que este tiempo es más que suficiente para que me haya “enfriado” del tremendo cabreo que me cogí, a la hora de INTENTAR, (y lo digo con mayúsculas porque casi no lo consigo), legalizar el coche.
El vehículo se encontraba en situación de baja definitiva, así que me informé a través de mi amigo Q (que también tiene un clásico y además no tiene nada que ver con James Bond), el cual me dirigió al departamento de Vehículos Históricos de la Universidad de Getafe. Allí me indicaron dos diferentes posibilidades de rehabilitar este tipo de vehículos: la primera consiste en rehabilitar el coche como Vehículo Histórico, con la ventaja de no pagar impuestos principalmente, y varios inconvenientes, como el no poder conservar la matrícula original (te dan una del tipo H 0000 BBB); tener que pasar una inspección de laboratorio (que vale una pasta) en la cual se dictamine todo lo referente a la construcción y características del coche; no poder circular con el vehículo más de x kilómetros anuales; no poder sustituir ni cambiar piezas del modelo por otras que no sean originales, etc. La otra posibilidad, es el rehabilitar el vehículo, como si se tratase de una simple baja temporal, es decir tal y como está.
Después de plantearme lo que en realidad quería hacer con el coche, lo que he definido como un “lobo con piel de cordero”, decidí rehabilitarlo de esta última forma, para lo cual me dirigí a una gestoría cuyas señas me facilitaron desde la propia Universidad en función de la cercanía a mi oficina de trabajo. Una vez allí, y previo pago por adelantado de una cierta cantidad de dinero (poco más que una transferencia normal), me entregaron un papelito que les hace entrega a su vez la Jefatura Provincial de Tráfico, que coloquialmente podemos entenderlo como: Bien, si usted lo que quiere es rehabilitar el vehículo, acérquese con este papel a una ITV, y que ésta me informe que el vehículo está en condiciones de circular. De paso, que tomen medidas y datos, para realizarle una nueva Tarjeta de Inspección Técnica, porque la original, en caso de tenerla, que no es lo normal, resulta escasa de información.
Ante esta lógica aplastante, (y esto si lo digo totalmente en serio), lo primero que hice fue quedar con mi amigo M (tampoco tiene nada que ver con James Bond), para cargar el coche en su grúa, y llevarlo hasta un taller de confianza cerca de casa, en donde poder hacer una revisión y puesta a punto de un R8 parado desde hace una década. Así que nos acercamos a casa de Miguelito, subimos el coche en la grúa y cogimos rumbo a casa, y cual fue mi sorpresa, cuando en la primera glorieta noto un movimiento extraño del vehículo sobre la plataforma de la grúa, seguido del encendido de los rotativos de la grúa y de la bajada de mi amigo M de ésta. Todo ello indicaba que algo no iba bien. Paro detrás, me bajo del coche, y efectivamente compruebo que el coche se ha soltado y literalmente se ha empotrado contra el tope delantero de la grúa, doblándose el frontal a primera vista. ¡Qué mala suerte!, el coche diez años parado sin un rasguño, y en un momento una golpe más serio de lo que parecía en un principio. Se sujeta de nuevo el coche, esta vez bastante mejor, y proseguimos el camino hacia el taller.

Llegados al taller, se procede a bajar el coche de la plataforma de la grúa, y se comprueba que el golpe no sólo se ha cargado el paragolpes, sino que ha hundido el frontal, y arrugado el suelo. Mi amigo Carlos, que venía detrás nuestro, se dirigió a M, y puedo jurar que no le dijo nada bonito (el calentón del momento, ya que todavía no le había pagado yo el coche, y naturalmente él era el propietario). Una vez calmados los ánimos, tengo que decir que M no me cobró el porte, algo que le honra por su parte y que todavía no he tenido ocasión de recompensarle, pero “todo se andará”.
Así pues, me encuentro con el primer gran obstáculo para pasar la ITV, ya que al ir situados los faros sobre el frontal de chapa, el cual se ha hundido en su parte inferior, hace que los faros izquierdos apunten demasiado hacia abajo. La solución, un chapista.
Me acerco a mi chapista de confianza, Paquito (se llama Paco, pero como es muy menudito, yo le llamo Paquito), pero como siempre, está hasta arriba de trabajo y no puede dedicarse al coche. Sin embargo, me cede uno de sus chapistas, un chaval paraguayo que armado de un martillo, una maza, un par de desmontables y un taco de madera, ¡ni os podéis imaginar lo que es capaz de hacer! Claro está, que el golpe se nota, y para dejarlo perfecto hay que meter el coche en chapa y pintura, pero se trataba de un arreglo funcional, es decir: poco importa que se note un bollito aquí y otro allá, lo importante en este caso es que los faros alumbren en su sitio y poder pasar así la ITV.

No sólo se molestó en “llevar a su sitio” el frontal y el suelo, sino también enderezó la parte frontal del paragolpes. Lo suficiente para que estuviese en su sitio, ya habrá tiempo de dedicarse a los detalles.
Una vez dado el visto bueno al estropicio del frontal, la tarea principal se tornó en realizar una mínima puesta a punto en cuanto humos, seguridad, etc. se refiere para pasar la dichosa ITV, documentar así el coche y ponerlo a mi nombre. Y digo mínima, porque una vez pasada, el coche se va a desmontar completo para sanearlo y reconstruirlo. Así se reparó el bote de intermitencia (los intermitentes no funcionaban); se encargaron nuevas placas de matrícula (porque como todos sabéis es un tema muy importante para la seguridad, es decir que las instituciones “tengan la seguridad de poder denunciar”); sangrado de frenos; batería y otras pequeñas reparaciones que no sumaron mucho dinero.
Después de esto, Víctor (el mecánico de enfrente de casa) me sugirió que como él se iba de vacaciones la siguiente semana, no fuese a la ITV hasta su vuelta, no fuera a ser….., y mientras tanto, el coche se quedaba guardado en el taller.
Ante la sugerencia de Víctor, fui a informarme de plazos y demás respecto a la Inspección Técnica sobre este tipo de vehículos en situaciones de este tipo, y es aquí donde EMPIEZA MI ODISEA.





